domingo, 4 de julio de 2010

Chicas duende que llevan vestidos amarillos y te sonríen con los ojos.

Deslizó sus pies sobre el suelo una vez más, lentamente, sintiendo el frío del mármol en la punta de los dedos. Se dejó caer y dió una voltereta, quedándose sentada con las piernas cruzadas en medio del salón.
Sofía se acercó con una sonrisa, y le dió un beso de esquimal, de esos que tanto le gustaban.
-Eres como una niña pequeña, Daf.
La chica de pelo corto sonrió, y con un salto se levantó del suelo y continuó con su danza sin melodía encima del viejo sofá.
Sofía se quedó arrodillada, observandola con la cabeza ladeada y su lacio pelo pelirrojo acariciándole las rodillas.
Continuaba dando vueltas sobre sí misma con los brazos en alto, dejando que el corto vestido amarillo flotase a su alrededor. Sonreía como lo hacian los niños pequeños, aunque hacía tiempo que Dafne había dejado de ser una niña.
Se estiró en el sofá, rozando con los dedos de los pies a la pequeña bola de pelo negro que se acurrucaba en una esquina.
A Sofía le encantaban sus orejas de duende y su nariz respingona, su pelo castaño despuntado y sus ojos color miel. Pero claro, ella se la habría comido enterita si Dafne la hubiera dejado.
Sofía se quedó mirando el viejo amplificador que sin duda había conocido tiempos mejores, antes de acabar aparcado en el salón de una casa en la que nadie tenia la más remota idea de qué hacer con él. Se levantó, y en silencio se acercó a Dafne, que sonreía con los ojos cerrados.
-Duendecilla, creo que es hora de hacerle una visita a Jinebra.